JODIAR

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La moralidad –y el idealismo- anda un poco desorientada hoy en día, como si fuera una cosa del pasado, reaccionaria, ha sido apartada momentáneamente del circo mediático, sustituida por un sucedáneo de mucho impacto y trascendencia, lo “políticamente correcto”: punto de encuentro entre los valores de mercado y cierta ideología antiguamente izquierdista, el progresismo. En este contexto ya no hay nada que tenga que ser prohibido siempre que no ataque ciertos principios estéticos/éticos. Así, por ejemplo, el porno –material muy rechazado por cierta moral- al ser estandarizado, y aceptado mercantilmente ha pasado a ser socialmente, pasando de ser una expresión escandalosa, perversa y rebelde a formar parte de la ideología imperante y convertirse en algo trivial, gracioso y respetable (algo así como cierta izquierda en este país). Hoy en día, actores y actrices porno salen en televisión como auténticas figuras mediáticas y las cadenas empiezan a tener programas porno –no me refiero a la crónica rosa- en sus parrillas. Lo políticamente correcto ha dictado sentencia: en el sexo todo está permitido siempre que las personas involucradas lo consientan (excepto los menores de edad) y el porno no es más que la reproducción “cultural” de ciertas expresiones sexuales: ¡Pornografía inocente! Ahora bien, ¿es el porno única y exclusivamente sexo? ¿Es una muestra inocua, objetiva de un acto físico? , ¿Carece de ideología y de símbolos?...

Si a la pornografía se le “extirpara” su elemento principal (el sexo) se quedaría en una maravillosa muestra de cómo los seres humanos nos explotamos mutuamente, y utilizamos el sexo como arma de dominación y violencia. En el porno – hardcore sobre todo- no se trata tanto de follar como “jodiar” (palabra acuñada por Martin Amis), es decir, odiar follando. Es el acto sexual como expresión del odio hacia el otro. Se produce una contaminación de sentido entre las imágenes: la violencia, el consumo y el sexo interactúan entre sí, intercambiando su iconografía. Así se expresaba Susan Sontag a este respecto cuando se dieron a conocer las imágenes de tortura de Abu Ghraib ""La mayoría de las fotos —reflexionó la estadounidense Susan Sontag, mirando hacia Abu Ghraib— parecen parte de una más extensa confluencia entre tortura y pornografía: una mujer joven arrastrando a un hombre desnudo con una correa es la imagen clásica de la dominatrix. Y cabe preguntarse cuánta de la tortura infligida a los internos de Abu Ghraib está inspirada en el vasto repertorio de imágenes pornográficas disponible en Internet".

Por otra parte, al convertirse la pornografía en algo estándar se ha equiparado formalmente a la publicidad, convirtiéndose en un modulador de usos y costumbres sociales: nos podemos sentir tan tristes por no conseguir el último trasto tecnológico que por no tener el mismo trasto biológico que Nacho Vidal. No se puede menospreciar el efecto de la enorme carga de imágenes publicitarias y pornográficas que llevamos en nuestro disco duro que nos obligan, en cierto sentido, a intentar revivir ciertas fantasías estándar. Y, así, uno se siente engañado cuando está en el hospital y la enfermera sólo se dedica a lavarte de la manera más asexuada posible. ¡Qué frustración, amigos!
No hay nada sucio en el sexo, tampoco en el amor, el problema es que en el porno ya poco sexo queda, más que nada porque se trata de una pieza virtual que te dicta qué consumir (silicona sin pelo) y cómo consumirlo (a ostias). Algo así como la publicidad, pero un poco menos perverso. De todas formas, ¿quién no quiere jodiar?..La moral ha muerto y , con ella, cualquier atisbo de idealismo.

14/05/2007 12:14.

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