El Buen Pastor

La paranoia invade de nuevo Hollywood
El 11 de Septiembre EEUU despertó de un sueño; la utopía de un mundo capitalista donde no hubiera conflictos, y todas las actividades humanas se desarrollan en competencia perfecta se vino abajo literalmente. El fin de la historia, que pronóstico Fukuyama –la democracia capitalista es la última (y mejor) parada de la evolución socioeconómica de la humanidad- paso a ser el comienzo de una nueva era, la era de la incertidumbre; de los ataques preventivosy el terrorismo global y entrando de lleno en una nueva era histórica dominada por la paranoia. Hollywood ya ha empezado a hacerse eco de la angustia vital y metafísica que viene aquejando al llamado “mundo libre”. Sólo así se puede entender la realización coetánea de dos películas tan brutales como “Infiltrados” o de la fenomenal “El Buen pastor”, que centra esta crítica, y que forman, de alguna manera, la cabeza más visible de un movimiento cinematográfico que apuesta por la resurrección de un cine comprometido, de fuerte carga política que tan hondo caló en los años 60 y 70 época marcada también por la paranoia (menos perversa, eso sí) de la Guerra Fría. De ahí que la película fuera encargada en un primer momento a John Frankenheimer, quizá el gran maestro del cine político de aquella época: obras maestras como “Siete días de mayo”; “Plan diabólico” o la increíblemente actual “Domingo Negro” así lo atestiguan. Pena que el director neoyorkino muriera cuando todavía tenía tanto que decir.
Un mundo aberrante
Por suerte, el extraordinario libreto de Eric Roth (responsable de Munich, El Dilema, Ali, etc) no ha caído en las garras de algún iluminado fogueado en la MTV y sí en manos de Robert De Niro - alguien que ya ha demostrado sobradamente su fuerte “personalidad cinematográfica” y un gran amor por el cine de calidad -y que demuestra aquí unas cualidades y una destreza detrás de la cámara muy escasas en el hollywood de hoy en día. El “arte” de De Niro demostrado en “El Buen Pastor” es un elogio a la sencillez, a la mesura. Un trabajo en el que prima una excelente dirección de actores (se nota el respeto que el actor italoamericano tiene a la profesión) y una realización “funcional” (entiéndase no despectivamente): “una cámara siempre bien situada, un montaje sencillo y preciso, y un sentido de la puesta en escena nada estridente e integrado en el relato hasta hacerse invisible” (Antonio José Navarro en Dirigido por. Marzo 2007). Siendo, quizá, en la composición fotográfica allí donde más arriesgue, apostando por una escasísima profundidad de campo, en la que los personajes, incluso en primer término, está a punto de salirse de foco; una estrategia exclusivamente visual con la que se remarca el carácter aberrante (muy presente en el guión) de unos personajes deshumanizados e increíblemente amorales. Un trazo más cercano a la pintura de Francis Bacon que al verismo documental de las películas políticas de los 60-70, referentes narrativos del film.
Mucho se le ha achacado a Matt Damon la excesiva contención (a veces deriva en un rictus facial inexpresivo) con la que compone a un personaje tan atormentado interiormente como es Edward Wilson. Sin embargo, si uno observa las otras interpretaciones del film no puede obviar que esa molesta “contención” es resultado –intencionado- del intento por parte de Robert De Niro (que ironía viniendo de este actor tan proclive a la sobreactuación) de impedir al espectador identificarse con ninguno de los personajes. Pocas veces antes unos personajes habían sido tan deliberadamente lejanos y antipáticos al espectador. No se produce ningún tipo de sintonía ni identificación psicológica entre espectador y actor. No es solo Matt Damon (que, ojo, tampoco es un intérprete extraordinario) quien abusa de la “inexpresión” sino todo el elenco actoral en el que habría que destacar las maravillosas aportaciones de Alec Baldwin, Michael Gambon y John Turturro que construyen su prestación interpretativa sobre cemento, en lugar de corazón. Es la perfecta forma de subrayar el proceso de putrefacción de unos personajes que hace tiempo perdieron cualquier atisbo de moral y que no solo se pudren interiormente sino que también lo hacen físicamente/argumentalmente: el cáncer que va devorando a Sam Murach, la gota que acaba por terminar con Bill Sullivan o , incluso, algunas muertes violentas filmadas sin ningún tipo de manierismo cinematográfico.Detalles formales, sugerencias de un guión extraordinario y una puesta en escena , humilde y valiente a la vez, que hacen de este film no solo una extraordinaria muestra cinematográfica, sino también una obra, política y moralmente, importante. Un film excepcional.




