Banderas de nuestros padres

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 Más allá del bien y del mal

Algo huele a podrido en la crítica cinematográfica cuando lo que le da nombre a dicha literatura, es decir el espíritu crítico, desaparece por miedo a remar a la contra (contradecir la norma/políticamente correcto). Y es que, aunque parezca lo contrario, la “pluma” crítica es un ejercicio intelectual doloroso. Por dos razones. Primero que nunca se ha de olvidar que el objetivo del análisis es humano (director, actor…) por lo que hay que ir con cuidado para no herir sensibilidades de forma gratuita; y segundo, que –así es el juego- al ejercer el derecho de expresión te juegas a que te rompan la cara en cualquier momento. A pesar de ello, hay que ser valiente.
Valentía, que ha parecido difuminarse en los plumíferos de la más alta alcurnia al hablar sobre Clint Eastwood y su última película, Banderas de nuestros padres. Hablar sobre Clint Eastwood entraña un riesgo considerable ya que se trata del último director clásico, lo que para algunos es sinónimo de infalibilidad. A este respecto se refería Hilario José Rodríguez en su texto sobre Banderas de nuestros padres en –la estupenda- Dirigido Por: “No hace falta insistir en que Clint Eastwood es, a sus setenta y seis años, unos de los maestros indiscutibles que hay en activo ahora mismo… eso implica que su obra ya está más allá del bien y del mal. No le hace falta demostrar nada con cada nuevo film que realice”. Curiosa afirmación para culminar una crítica bastante negativa y certera (desde mi punto de vista). Me pregunto si fue para cubrirse las espaldas.
Pues bien, desde mi punto de vista, ni Clint Eastwood es indiscutible ni su obra está más allá del bien y del mal. Y es que por mucha factura clásica que tengan, películas como Space Cowboys; Poder Absoluto; El principiante; El Sargento de Hierro; Firefox…distan mucho de ser obras maestras. Ni mucho menos. También algunos de sus mejores films adolecen de ciertos “desajustes”: por ejemplo la tendencia a subrayar el discurso de la película una y otra vez (Sin perdón) o el dibujo maniqueo y arquetípico de ciertos personajes (cf. Million Dólar Baby). Desajustes que vuelven a aparecer-en algunos momentos de manera flagrante- en Banderas de nuestros padres.

El cine o el arte de la manipulación

En Banderas de nuestros padres “conviven” dos narraciones que Clint Eastwood y su guionista, Paul Haggis, contraponen a modo de dialéctica. De esta manera se confronta la guerra real (física) con la guerra virtual (política). Argumentalmente: la utilización política, por parte de la elite estadounidense, de los heroicos soldados. Un contrapunto que nunca llega a funcionar por varios motivos: la dubitativa (no me atrevería a decir incongruente) mirada de Eastwood respecto a la guerra, a la que parece no querer –o poder- condenar firmemente. Algo así como el famoso (y muy poco ético) “lamento pero no condeno”.Por un lado muestra su lado más cruento e inhumano; por el otro se deja llevar por la retórica bélica, resaltando los valores militares: la heroicidad individual; el honor; el patriotismo, etc. Cinematográficamente (que no discursivamente) es lo mejor de la película y es allí donde Eastwood da rienda suelta a su saber hacer. Y es que a pesar de los grandes medios con los que ha contado (no olvidemos que es una producción made in Spielberg), Eastwood filma la aparatosidad bélica casi con un arte minimalista y una sencillez aplastante: pocos personajes, “temas melódicos de carácter íntimo” (Hilario J. Rodríguez. 2007. Pg 25) y una fotografía estética pero no esteticista. Una nueva lección formal por parte de Eastwood a los destajistas videocliperos que creen tener la última palabra en este rollo del cine. Los Tony Scott, Michael Bay…
Otra de las razones por las que no funciona discursivamente el film es por la estructura del relato: demasiado dispersa. ¿Quién narra?; ¿quién ve?; ¿desde que perspectiva histórica vemos el drama?; ¿Quiénes son los personajes?. Una estructura ajena a la habitual (y proverbial) sencillez de Eastwood. En ciertos momentos la conjugación de los diferentes segmentos temporales parece responder más a razones aleatorias (estéticas) que lógicas. Acaba por desorientar y afectar al texto.
Finalmente, el mayor reproche que se le puede hacer al director es su inclinación (algo inherente a Eastwood) por envolver todas las partes cinematográficas del relato con un molesto celofán discursivo, en sus peores momentos, notablemente maniqueo. Ya –como he citado anteriormente- en Million Dolar Baby cometía el error de desdibujar a los personajes en pos de un impacto dramático más directo de lo habitual en él, utilizando el trazo grueso a la hora de describir a la familia de Maggie Fitzgerald; y forzando las cosas más allá de lo necesario. En Banderas… -tristemente- desarrolla hiperbólicamente ese trazo grueso a la hora de mostrar a los personajes principales, mendigando la complicidad del espectador ante tan “sensibles” seres. Aspecto aún más grave que en Million Dólar Baby ya que afecta a toda la película y no sólo a un pequeño rol que sirve de contrapunto dramático. El caso más sangrante es el del personaje indio Ira Hayes, pura carnaza para forzar la ternura en el espectador.Tristemente el papel del director y de su guionista se parece demasiado a esos políticos del film que vampirizan a los soldados de clase baja para conseguir sus buenos (¿?) fines: ganar la Guerra y, de paso, la hegemonía económica-militar mundial.

Y es así como discurre esta película valiente, dotada de un poderosa reflexión incongruente: que intenta mitificar y desmitificar a la vez, que lamenta pero que no condena, y que en lugar de personajes presenta marionetas. Así visto, el film Banderas de nuestros padres, encierra una gran paradoja no exenta de sarcasmo: incluso a la hora denunciar la manipulación, el ser humano puede caer en la más odiosa de las manipulaciones. Qué difícil deber ser esto de hacer cine.
Pese a todo esto, Clint Eastwood es un notable director. No osaré a decir lo contrario, es uno de mis favoritos.

14/02/2007 17:02.

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