EL SEÑOR DE LA GUERRA

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Afán de lucro y redención

Comenzar es difícil

No hay más difícil en la creación que el comienzo: empezar algo puede ser una tortura. El folio en blanco, puede ser la imagen más terrorífica para alguien que intenta dedicarse a escribir. Por suerte, Andrew Niccol, el director de “El Señor de la guerra”, sabe iniciar sus relatos de manera eficiente e impactante, cogiendo al espectador por la solapa para que no pueda apartar sus ojos de la pantalla. En la primera secuencia del film, Yuri Orlov (Excelente Nicolas Cage), un exitoso contrabandista de armas, enclavado en un paisaje lleno de balas, rompe con la lógica del relato convencional cinematográfico (en el que presuponemos ver y no ser vistos) dirigiéndose directamente al espectador para espetarle un discurso que define su visión sobre el sistema y el ser humano: “Hay 550 millones de armas. Eso supone un arma por cada doce personas en el mundo. La única pregunta que me hago es Cómo armar a las otras once”.

A continuación de esa presentación, Andrew Niccol, inserta unos títulos de crédito (que no describiré para destripar una de las mejores partes de la película) que, a diferencia de la mayoría, tiene un auténtico valor narrativo, y más aún cuando la forma en que están filmados resume de manera inmejorable parte del estilo visual de la película, estilo que algunos han comparado –de forma despectiva- con el estilo hueco y reaccionario de la MTV. Nada más lejos de la realidad.

Algunos se preguntarán por qué demonios cargo tanto las tintas en el comienzo del film. La respuesta es sencilla: porque es de los pocos filmes que he visto últimamente que “estallen” ante los ojos de espectador y, por otra parte, definan con apenas dos trazos la esencia, estilo –como se quiera llamar- que jalona toda el relato. Un comienzo ejemplar.

Estilo de un contrabandista

Yuri Orlov en manos de Andrew Niccol, no es una buena persona, aunque tampoco especialmente mala. Es uno de esos personajes convencidos de aquello que tanto defiende este sistema: el afán de lucro como motor de la sociedad. Todo esto estaría muy bien si ninguno de nuestros actos tuvieran consecuencias (lo que se ha denomina ahora “efectos colaterales”) y, en caso de Yuri, si el producto con el que negocia no produjera millones de muertes y, la industria armamentística no provocara interesadamente tantas guerras. A pesar de todo esto, Orlov es una persona que puede caernos bien, adolece como gran parte de nosotros de ansias de posesión, de bienestar y de cariño, además tiene una gracia especial que, en ocasiones, hace sentir cierta simpatía – aquí habría que destacar los fenomenales diálogos escritos por el propio director- e incluso a sufrir con él sus desventuras y, sobre todo, a compadecernos de él por sufrir las consecuencias de desprenderse de toda conciencia y moralidad.

A decir verdad, a efectos oficiales, el gran problema del personaje es, exclusivamente, legal: ha osado competir en un mercado exclusivo de los Estados, que tanto se enriquecen con la venta de armas, como proclaman a los cuatro vientos sus ansias continuas de paz y libertad.

Orlov, es producto de su tiempo: posee el estilo y la imagen de un yuppie, la gracia de un personaje de Friends y el cinismo propio de un burócrata ex-comunista dedicado al negocio del petróleo. Al igual que Yuri Orlov, Andrew Niccol es un contrabandista, alguien que se ha dado cuenta de la necesidad de sobrevivir en este sistema: si su personaje se aprovecha de los recovecos legales para enriquecerse, Niccol recicla las formas cinematográficas de la industria para componer una sinfonía con un estilo personal y con verdadero talento. Una muestra de ello, es lo que, curiosamente, niega al personaje, en primera instancia, y luego al espectador: el happy end (final feliz) sustituido por un final seco, cínico, molesto e impactante que imposibilita al personaje redimir sus pecados y al espectador la posibilidad de marcharse del cine con la conciencia tranquila y la ilusión renovada. Todas esas risas que hemos dejado escapar a lo largo del metraje quedan congeladas.

Ya era hora de salir del cine con un buen puñetazo en el estómago. Bien hecho, Andrew.

03/07/2006 21:49.

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