TROPICAL MALADY

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Algo nuevo bajo el sol

En una aula de cine celebrada en el campus de la UPV-EHU, una profesora –mi amiga Carmen Arocena- se quejaba de que la obsesión de los festivales por el cine oriental estaba dejando fuera de concurso muchas películas interesantes. Concretamente, creo recordar, citaba a uno de los cineastas más prometedores de la actualidad; David Gordon Green. En ese momento le di la razón: era tal la avalancha y el fervor por el cine oriental que prácticamente había desaparecido el espíritu crítico ante ese tipo de cine. No había película oriental que no fuera –per se- una gran obra, diferente y extraordinaria por su originalidad y lo diferente de su puesta en escena. Con el tiempo, esa invasión de filmes asiáticos ha acabado teniendo resultados adversos párale cine oriental: ya no hay película asiática que merezca la más mínima atención. No sé si por miedo o escepticismo, o porque realmente me gustaban las “chorradas” orientales, he seguido viendo cine de “chinos” y entre ellas esta película vietnamita, Tropical Malady, a todas luces de una gran obra, diferente y extraordinaria. Por fin algo distinto

Sensaciones, no narraciones

Mientras veía la película –con un calor espantoso tirado en calzoncillos en la cama- me sorprendí a mi mismo preguntándome cómo una película tan contemplativa, tan poco narrativa y anticlimática podía ser , a la vez, tan amena y sensual. La originalidad de la película –lo que la hace ser tan amena y sensual- es que cada plano, cada imagen representa para el espectador un hallazgo: estamos ante una película en la que lo importante no es el factor humano (el personaje) sino todos esos elementos -sensaciones- que le rodean. Cobra especialmente importancia el detallismo de la puesta en escena y el contraste iconográfico y temático.

En la primera parte del film se nos describe una relación amorosa entre dos hombres. No hay nada de énfasis en la naturaleza de la relación. No hay ningún discurso sobre la homosexualidad. Se podría decir que es la primera película que observa una relación homosexual con absoluta naturalidad: los dos jóvenes tontean, va al cine, cogen el autobús, se acarician… acciones rutinarias de una relación que sirven como excusa al director para contrastar paisajes y obligar al espectador a intensificar la mirada, aplicando la máxima de Godard “no es una única imagen, sino una imagen única.”

Con total atrevimiento, el director del filme –Apichatpong Weerasethakul-se atreve –en palabras muy acertadas de Hilario José Rodríguez- a romper el film, proponiendo en la segunda hora, una especie de relectura abstracta de lo que ha sido la primera parte del film: los personajes siguen siendo los mismos aunque uno se transforme en un hombre y el otro en un tigre.

Todo parece más complicado que lo que es en realidad: lo bueno de está película es que no hay que pensar demasiado, solo sentarse y disfrutar. El director de la película ha hecho un inmenso esfuerzo por liberarse de las cadenas que oprimen el cine: la lógica narrativa y el sentido. A cambio Apichatpong Weerasethakul sólo nos pide una cosa, que veamos su película y aprendamos de nuevo a mirar. Todavía hay tiempo.

03/07/2006 21:41. Autor: Mikel. #. Tema: Cine.

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