La Figura del Maltratador (Diario de Aritz Torbado. 10 años después)

aflicción.jpgHoy he discutido con mi padre, pero no crean que estoy disgustado por ello, no es así pues solemos discutir a menudo, tal vez digamos las mismas cosas pero desde diferentes puntos de vista o , mejor dicho, desde tiempos diferentes, el vive en el presente y yo, por raro que parezca vivo en su pasado. Hay quienes verán extraño que yo viva en el pasado, y mi padre en el presente, cuando habitualmente es el hijo quien representa la modernidad y los padres los valores tradicionales, pero es así. A veces pienso que mi padre soy dentro de 38 años. Seguramente sea una réplica de él, no lo sé. Tal vez el tenga razón y yo no. O al revés, eso poco importa. Importa en lo que me he convertido: en un monstruo, un monstruo con conciencia que, a menudo, son los peores. Soy alguien a quien temen y del que escapan. Soy un maltratador.
No tenía intención de hacerla daño, solo darle una lección porque me había humillado. Estábamos en una fiesta privada, en una de esas odiosos picnic que organiza mi empresa para sus trabajadores y sus respectivas compañeras sentimentales. Los dos bailábamos al son de esa estúpida canción de La Macarena, mi mujer – que había bebido unas copas de más- se contorneaba al son de la música de una manera excesivamente lasciva, por así decirlo. Mi mujer estaba preciosa con un vestido de estilo japonés que le marcaba las curvas de tal manera que uno, sin quererlo, perdía su mirada en ella. Intenté disfrutar del baile con ella pero no podía dejar de observar a mis compañeros de trabajo, que mirando por encima del hombro de sus mujeres, acechaban con su mirada a la mía. De repente, mi mujer tropezó con mi pie y cayó al suelo, no puede evitar reírme. Ella se enfadó mucho y me insultó delante mis jefes. La música estaba demasiado alta que muchos no llegaron a escucharla, pero hubo otros que si: Mikel Urbiola, el jefe de mi sección, un hombre callado, de facciones duras y cuerpo atlético. Mikel era un hombre con fama de seductor, era un tipo odioso y , encima, muy femenino. Al oír el insulto me miró y sonrío –una sonrisa falsa y forzada- a modo de complicidad masculina. Antes de la sonrisa y de caerse mi mujer al suelo por las copas de más este no había dejado de mirar a mi mujer, como si la estudia evaluando. Sentí tal rabia que me excité.
Mi mujer –que había ido al baño- me miraba con miedo durante el baile, creo que veía algo en mi rostro que indicaba mi enfado: un tic al que acudo cuando la rabia se apodera de mí, apretar los dientes hasta hacer chasquearlos. Intentado pedir perdón me paso la mano por la cabeza a modo de caricia. Le aparte la mano y le susurré al oído con voz serena y fría, “la próxima vez que me dejes en ridículo te rompo todos los huesos del cuerpo, ¿te queda claro? Ella se quedó mirando fijamente a los ojos cómo intentado asumir las palabras que habían salido de mi boca. Me gustaría haberla pegado pero no lo hice, jamás pego a los seres que me rodean, a los seres que me quieren.
Estoy harto de sus miradas, me juzga constantemente con su mirada, posiblemente lo que más me moleste es que sea más atractivo (o se piense) más atractivo que yo, pero lo que si es cierto es que es una persona de aspecto muy sexual, y al que odio por eso. Ser jefe no te da derecho a mirar así a las mujeres de tus empleados, y menos a la mía.
Antes le despreciaba, consideraba que era una persona muy inferior a mí, pero, un buen día, volviendo de las vacaciones le vi de nuevo en el lugar de trabajo, se había cortado el pelo de otra manera, ahora lo tenía más largo, obviamente se había gastado una gran suma de dinero (o al menos una gran suma en comparación a lo que yo invierto) en la peluquería. El miedo que me atenazaba, a no ser lo suficiente bueno para llegar a ser algo, a ser homosexual, me provocó una extraña angustia: miraba a todos los hombres de mi alrededor, y aquel maldito día comenzó la angustiosa atracción por mi jefe. Aquel día sentí algo tan fuerte, una atracción tan salvaje, sexual y tan negativa que a duras pernas evité el tener que ir al servicio - evitando las sospechas de mis compañeros- para masturbarme – que es lo que hago muy a menudo- y así deshacer la ansiedad que me provoca la atracción por mi jefe. Es entonces cuando me di cuenta de la fuerte posibilidad de ser maricón, homosexual o invertido. Jamás podría ser lo que yo quería, que no era más que ser tan popular, tan fuerte y tan social como lo habían sido los chicos “chic” de mi pueblo años atrás o mis más competitivos compañeros. ¿Me gustaría tirarme a mi propio jefe, a ese que tanto había menos preciado? ¿Era correcto el permanecer con mi mujer cuando, aún, sexualmente era muy activo con ella?
Fue entonces cuando comencé a sentir atracción por mi cuñado, por el hermano de mi mujer: nunca me había fijado en él… hasta que un día me fije, le quedaban los pantalones muy bien de “pandero”, tal vez tal y cómo podría haber deseado. Recuerdo con claridad que ese día estábamos m i mujer y yo en casa de su madre y, de repente, llegó el, llegaba con mucho calor así que se dispuso a ponerse un pantalón corto. Al verle con esa vestimenta y ver sus piernas desnudas, sentí tal atracción, tal ansiedad por no poder “desahogarme” que tuve que cerrar los ojos para evitar mirarle, durante esos segundos pensé en mi esposa y en que jamás ella me había provocado esa sensación. El caso es que esas sensaciones muy raras veces – cuando afronte la posibilidad de ser homosexual y abandoné la morbosidad de lo prohibido- se traducían en erecciones. Me sentí angustiado, enfurecido conmigo mismo, tan enfurecido y enojado que se lo hice pagar a ella., la llevé a cenar y luego la hice el amor, se lo hice con tanta rabia que incluso llegué atosigarla con mi continua actividad…
Confiaba en que esos pensamientos desaparecieran tarde o temprano, pero como cuando era joven (y sentía el mismo pero de manera más controlada) esos sentimientos seguían latiendo dentro de mi mismo. Eran atracciones muy fuertes como las que puede sentir hacia un padre que acaba de llegar de viaje, ganas de ser él, de poseerle, de estar dentro de él y ver el mundo con sus cuerpos…
El caso es que jamás pegaré a mi mujer, me lo prometí a mí mismo de pequeño, a eso de los 13 años, cuando me dedicaba a defenderme con eso que llaman “un buen ataque”. Tenía tanto miedo a sentirme mal, sentirme humillado o menos preciado que agredía psicológicamente o físicamente a aquel que circulaba alrededor mío, pero mi ensañamiento se centraba sobre todo en los más débiles, no sólo chicos sino chicas. Cuando ocurría algo de eso todo el mundo me miraba reprobándome y dándome la espalda es decir, negándome su apoyo ante la situación que había provocado mi violencia, al suceder eso, era tal mi odio hacía mi mismo y hacia la injusticia en la que me había envuelto que respondía con aún mayor agresividad. Pero hoy lo tengo superado, de esos días sólo quedan la frustración por ser un hombre casado y, posiblemente, homosexual. ¿Qué diría mi padre si me escuchara? ¿Cómo actuaría viendo a su hijo siendo penetrado por un hombre peludo y con “rabo” enorme como el suyo? Tal vez me respondería con un puñetazo en el estómago o dando por culo a mi madre. No lo sé. Tal vez me diría que eso me pasa por tener un trabajo que no produce nada –soy publicista-, por no ser tan fuerte cómo el o haberme dejado pegar de pequeño por todo el mundo. Tal vez me diría que el si que lo había pasado mal, que mi homosexualidad no era nada, comparado con las vejaciones que el había sufrido, cómo aquel día, siendo todavía un niño de 6 años, en el que su madre le pillara bañándose desnudo en un barreño y , segundos mas tarde, le llevara a casa mostrándole desnudo a todo el pueblo mientras le pegaba una paliza con un palo. Puede ser que me dijera que sufrir era ser pequeño y tener conciencia de que todo el pueblo está seguro de que su madre es una zorra por haber tenido una hija fuera del matrimonio o no sentirse querido jamás.
Recuerdo que una vez quedé con mis padres y mi mujer –entonces todavía mi novia- para celebrar mi cumpleaños, el caso es que llegué hora y media tarde. Mi mujer al verme entrar por la puerta me abroncó fuertemente delante de mis padres, yo la mira directamente a los ojos mientras ella me chillaba y la grité al oído mientras la cogía del brazo y la atraía hacía mí,: tú, te callas. Cállate la boca. Cállate la boca. Mi padre que vio mi reacción con sorpresa miró a mi madre dirigiéndola un guiñó en signo de complicidad. Al verme de esa manera se sintió orgulloso y yo complacido porque aquel hijo de perra, al que tanto había odiado y querido y del que tanto había pasado, por fin había mostrado un signo de admiración hacía mí. Aún no era tarde para hacerlo.
El caso es que mi padre y yo hemos vuelto a discutir hoy, el se ha enterado de que mi mujer y yo salimos con amigos diferentes y a él, eso de las parejas liberadas no le cae de buen gusto. Pero me da igual porque el es un ignorante opina de todo desde su prisma de moralista católico. Me ha enfurecido tanto que le he pegado, por primera vez me he enfrentado físicamente a mi padre, le he pegado tal empujón que se ha caído de bruces cayéndosele la dentadura postiza de la boca.. Casi me muero de la risa al verle tirado en el suelo mirando por debajo de mis rodillas… sin embargo hoy también ha sido el primer día en que me he acercado y el me ha dado un beso en la mejilla aceptando mis disculpas. Luego, por primera vez en mis 35 años de vida, hemos hablado de cómo me sentía y de qué tal me iba la vida, incluso me ha acariciado la cabeza en un par de ocasiones. Extrañamente al sentir su cariño me he sentido extraño e , incluso, he llegado a pensar en la posibilidad de que mi padre también fuera maricón como yo.
Seguro que lo es. Seguro que el firmo el contrato, yo tengo que firmarlo. Cosa de la herencia.
19/08/2005 20:31.

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